Mostrando entradas con la etiqueta prisas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prisas. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de octubre de 2012

INTERFERENCIAS (19)


Pero Laura se quedó oculta en la escalera intentando escuchar la conversación que mantenía Catherin con sus supuestos hijos. Pese a que su inglés estaba un poco oxidado pudo entender retazos de lo que decía Catherin. Realmente parecía hablar con sus hijos, nada le hizo pensar  que fuese una charla cargada de palabras clave para informar a su interlocutor. Ni si quera su actitud, la veía reflejada en el espejo del recibidor, le hizo sospechar. Se la veía relajada y familiar con la voz que le llegaba desde el otro lado del teléfono. Cuando intuyó que la conversación llegaba a su fin emergió en el recibidor con su mejor sonrisa.

-Ok Sam. Bye – Catherin se despidió de su hijo-. Sabes Laura –dijo dirigiéndose a su anfitriona con ese peculiar acento y una amplia sonrisa-, siempre hay que estar pendiente de ellos. ¿Vosotros tenéis hijos?

            -No, no tenemos. Hemos pasado la mayor parte de nuestro tiempo absortos por nuestros trabajos y, la verdad, es que nos gusta vivir el uno por el otro, con libertad, con todo el tiempo para nosotros. No sentimos la necesidad de tener hijos.

            Bajaban la estrecha escalera hablando amigablemente. Laura, que abría la expedición, se encontraba sorprendida por su cambio de actitud hacia aquella mujer. En el momento en que Catherin colgó el teléfono y le sonrió todo empezó a ser distinto. Tenía la seguridad de que realmente eran dos personas en las que podían confiar.

 

La sangre de Laura se le heló en las venas. Su corazón apenas podía latir, oprimido por la adrenalina que se apoderó de todo su cuerpo al descubrir la escena que les esperaba en el sótano.

 

Sangre. Lo primero que vio fue sangre. Salpicando las paredes, el techo, las estanterías, los lienzos. Sangre y pedazos de vísceras esparcidos por todos los rincones creando una peculiar composición cuyo título podría ser La muerte roja. La luz que procedía de la única bombilla que desnuda iluminaba la estancia todavía no había dejado de bailar. Un cuerpo permanecía inmóvil en el suelo. De su sien manaba a borbotones el líquido viscoso y rojo que lo teñía todo. El ambiente olía a sangre y muerte. Cuando Laura bajó el último escalón acompañada por un temblor que le sacudía todo el cuerpo, el grito desgarrado y asustado de Catherin rompió el silencio. Laura se llevó la mano al bolsillo, pero antes de poder asir su pistola ocurrió lo inesperado.

jueves, 9 de agosto de 2012

Prisas (FIN)


El doctor Castro pasó su informe a su superior. Todo cuanto sabía del caso, su evaluación de Enri… de José Manuel, la de Nadia y lo que había conseguido arrancar al malnacido de Mijail.
Obviamente, no añadió ese adjetivo al informe.
Pulsó el botón para enviar a los servidores del cuartel de la Policía Nacional, donde sería almacenado hasta que el Inspector Jefe al cargo del asunto lo abriera.
Lo que Castro no sabía era que ese informe, en cuanto llegó al servidor de la Policía Nacional, fue reenviado y replicado con todo su contenido.
El servidor al que llegaría finalmente no figuraba en ningún registro gubernamental. Bueno, quizás en uno, muy oculto entre capas y capas de empresas ficticias y departamentos fantasma.
La persona que lo abrió lo leyó con calma, y cuando terminó los casi 70 folios de que se componía, se permitió una breve sonrisa.
Todo el operativo había salido a pedir de boca. Los dos testigos de la noche de autos estaban muertos, toda la información que habían introducido en sus mentes amnésicas había cuajado y el asesino del Este había sido detenido.
Ahora podían utilizar todo lo que habían sacado de las declaraciones del agente y la chica mientras creaban esa falsa realidad en la que finalmente, murieron creyendo a pies juntillas. Castro había sido un eficiente engranaje en el mecanismo que habían puesto en marcha tras esa fatídica noche, sin que hubiera sido siquiera consciente de haberlo sido.
Nadie sabía que la Agencia existía, ni a qué se dedicaba, ni que en las montañas españolas, como en otras de varios países, una raza de seres míticos y muy peligrosos campaban a sus anchas, matando y creando confusión cada cierto tiempo.
Para eso existía la Agencia, para eso trabajaba él ahí, y con algo de suerte, esa bestia caería dentro de poco tiempo. Para eso había sido puesto en su cargo.
Pero eso, dicen, es otra historia…

martes, 7 de agosto de 2012

Prisas (20)


          Enrique paseó por el barrio, la cabeza era un hervidero de ideas, de imágenes. Creía que le iba a estallar. Las escenas del sueño se intercalaban con otras que, como flashes fugaces, le dejaban adivinar un pasado que él desconocía. Una mujer que no era Nadia, la pistola, una oficina oscura, solitaria, una casa que no era la suya pero la percibía como su hogar. El sudor frio corría por su espalda mientras sentía el latido de su corazón acelerado.

            Vagó sin rumbo por las calles que tan bien conocía hasta que, convencido de que no le aportaba tranquilidad este deambular solitario, decidió volver a casa. Al mirar su reloj, ya de camino, le sorprendió que ya casi eran las seis de la mañana. No era consciente del tiempo que había pasado paseando sin rumbo.

            Desde la puerta del jardín percibió algo que le hizo estremecer, no fue capaz de saber que era, pero le aceleró el pulso y le erizó la piel de la espalda. Cruzó la puerta principal y se dirigió al dormitorio. Sin encender la luz se desnudó y se metió en la cama buscando el cuerpo de Nadia. Dentro de su confusión su única certeza era el amor que sentía por ella. La abrazó por la espalda, se acopló a se cuerpo de mujer como tantas veces había hecho, como a ella le gustaba. Ella no se movió. Sintió la piel mojada de Nadia, la desnudez de su amada sembrada de finas gotitas de sudor. Ya estaba llegando el verano y en la habitación la temperatura era más bien alta. Pero le llamó la atención la temperatura del cuerpo de Nadia. Estaba fría.

Enrique se abalanzó sobre la mesilla de noche, casi tiró la lámpara al intentar encenderla, pero lo consiguió. El destello de la luz lo cegó unos instantes pero enseguida sus pupilas se adaptaron a la nueva iluminación para descubrir una marea roja que cubría la cama. El cuerpo de Nadia estaba tumbado de costado sobre una inmensa mancha de sangre, de su propia sangre que seguía brotando de un agujero en su sien.



La luz de la habitación se encendió y entonces lo vio y… lo recordó todo.



Mijaíl Vorobiov, cabecilla de banda dedicada a la trata de blancas. Muy peligroso y al que estuvo vigilando durante meses. Mijaíl alzó la mano en la que llevaba sujeta la pistola. Su nombre real no era Enrique, él es Jose Manuel Arnau. oficial de policía destinado en la Unidad de Droga y Crimen, encargado del caso de las mujeres de la Europa del este. Mijaíl le apuntó directamente al corazón. Marta era su mujer, Nadia la mujer que atropelló la noche del fatídico accidente. A Marta la quería, a Nadia también. El índice de Mijaíl comenzó lentamente a presionar el gatillo. Nadia estaba muerta…



Oyó el chasquido y la oscuridad absoluta lo envolvió todo. Ya no había nada en lo que pensar.



Cuando llegó el Doctor Castro a la casa de Enrique y Nadia los cuerpos ya habían sido cubiertos por la policía. Desde el accidente de Jose Manuel estaban tras la pista de Mijaíl, pero habían llegado tarde. Mijaíl lo confesó todo. El intento de asesinato de Marta, la exmujer de Jose Manuel, para intimidarlo y hacerle dejar el caso. Confesó el secuestro de infinidad de mujeres de la Europa del este que traían a España con engaños y luego las obligaban a ejercer la prostitución. Mijaíl estaba sentado junto a la mesa de la cocina, esposado, custodiado por tres agentes de la secreta. El doctor Castro se paró frente a él. Mijaíl alzó la vista.



-Y la perra, ¿Qué hiciste con la perra? –preguntó con desprecio y curiosidad.

           

Mijaíl le sostuvo la mirada unos eternos segundos. La comisura de sus labios empezó a dibujar una sonrisa que se transformó en una carcajada, una risa nerviosa, sin control. Mijaíl se retorcía sentado en su silla, se reía de él, se reía de todos.



El doctor no se pudo contener y le abofeteó. Mijaíl se quedó en silencio.



-La perra –comenzó a hablar Mijaíl mientras se limpiaba la sangre que asomaba  a la comisura de sus labios-, la perra se la di a mis perros para que se entrenaran, para que probaran la sangre y se convirtieran en asesinos, perfectos vencedores en sus futuras peleas.



El doctor sintió como la ira crecía en su interior. Respiró profundamente, desvió la mirada que había mantenido clavada en los ojos de Mijaíl y se fue.

lunes, 6 de agosto de 2012

Prisas (19)


Nadia había conseguido salir del agujero en que vivía desde el accidente hacía unos meses. Esperaban que Enrique (José Manuel, realmente), lo hiciera también, pero se resistía a hacerlo.
Así que habían tomado la determinación de continuar con la farsa hasta que poco a poco, su cerebro volviera a tomar el control y le facilitara al sufrido agente una puerta a la realidad.
Por supuesto, Nadia había querido colaborar. Su amor por Enrique era real, hasta donde sabían (quizás algo confundido con el agradecimiento por haber sido salvada por él, pero bueno, era algo bastante cercano al amor), así que no había problema.
¿Por qué eran tan importantes los dos? Pues porque en lo más profundo de su maltrecha mente tenían el nombre y el rostro del lider de toda la organización. Algo demasiado valioso como para dejarlo pasar.
No podían dejar nada al azar, incluso una recuperación de la memoria descontrolada y sin supervisión. A saber qué podían perder si no asociaban los recuerdos adecuados con los hechos que habían vivido.
- Bien Enrique. Tranquilícese y cuénteme qué recuerda exactamente.
- No llegué a mi destino, porque encontré a Nadia y la atropellé. Sin querer, claro.
- Claro. Sabemos todo eso de sesiones anteriores, Enrique. Lo ha soñado muchas veces desde el accidente. Espere, me voy al salón y podremos hablar con más calma…
Por debajo, pudo escuchar la expresión de alivio de la pareja del psiquiatra, y esperó nervioso a que el médico le diera paso de nuevo.
- Creo que todo eso no es un sueño.
Ahí estaba la cuestión. La mente de Enrique comenzaba a atar cabos y a experimentar ciertas conexiones entre la realidad y el sueño que intentaba someter a la vida que habían creado para él.
- ¿Dice usted que lo que está soñando estos últimos meses podría no ser un sueño, sino recuerdos de la noche del accidente?
- No… no lo sé exactamente, pero sé que hay cosas que no cuadran. La pistola. Le he dicho que recuerdo su tacto, su peso, la sensación de seguridad que me aportaba. Eso no es un sueño. Y los dos tipos que aparecieron de la nada, los que al principio confundía con una bestia…
- Ajá… - El médico tomaba nota con prisas. Su voz no denotaba el nerviosismo que le embargaba. Estaban a punto de dar un paso de gigante, y no podía dejar pasar nada sin registrar.
- Creo que venían a por Nadia, que querían hacerle daño. No sé por qué, pero sé que es así. Y otra cosa doctor…
- ¿Sí?
- Creo que Nadia no iba conmigo en el coche. Iba solo. La atropellé. Estoy seguro.
- ¿Está seguro de todo esto que me está contando, Enrique? Piense que es solo un sueño, y que ya habíamos determinado el origen de las figuras que aparecían en él…
- Estoy seguro, doctor. Iba solo en el coche, atropellé a Nadia, y  esos tipos querían hacerle daño.
La voz del hombre se puso bastante más nerviosa que la de su interlocutor.
- Y si todo eso es verdad, doctor Castro, ¿quién soy? Porque sé que no me llamo Enrique, y que todo esto que estoy viviendo es una enorme mentira.
Castro suspiró al otro lado de la línea. Había conectado los auriculares al teléfono para poder manejar con libertad el teclado del ordenador. Estaba enviando un correo electrónico a su superior. Tenían que hablar con Enrique inmediatamente.
- Mire, Enrique, relájese. Tómese una de las pastillas que le receté el otro día. Le ayudarán a dormir sin sueños. Mañana por la mañana, venga a la consulta, a las once, y hablaremos de todo esto. Encontraremos una explicación a todo ello, y veremos qué podemos sacar en claro, ¿vale?
- ¡¿Una pastilla?! ¡¿Esa es su solución?! ¡No quiero pastillas, maldita sea! ¡Quiero respuestas!
- Tranquilícese, Enrique. Mañana encontraremos juntos todas esas respuestas. Ahora, cálmese, vuelva a la cama y tómese la pastilla. Descanse y cuando venga, veremos que es todo eso que le ha venido a la mente.
- Esta bien, doctor Castro, pero quiero saber de una vez qué ocurre. De una vez por todas.
- Descuide, Enrique, descuide. Ahora debo dejarle, pero duerma y descanse. Mañana nos vemos.
Desde el otro lado de la línea no llegó ningún saludo, solo la señal de comunicando. En la pantalla del ordenador, había un mensaje entrante. Mañana estaría también el superior de Castro en la sesión. Aclararían muchas cosas.
Enrique no pudo volver a la cama. Se vistió con prisas y se despidió de Nadia. Necesitaba salir a respirar un poco.
- ¿A las cuatro de la mañana?  - Se preocupó ella.
- Me vendrá bien un poco de aire. Necesito respirar un poco. No me siento muy bien y pasear me ayuda a pensar.
Se acercó a ella y la besó tiernamente en los labios. Pese a sus nervios y a la certeza de que todo estaba mal, no podía dejar de amarla con locura.
Cogió una chaqueta fina, y se fue, procurando no hacer ruido al cerrar la puerta.

viernes, 3 de agosto de 2012

Prisas (17)


Obviamente, el doctor Castro era plenamente consciente de toda la historia. Sabía quien eran los dos, porque era parte del equipo que había sido asignado a Enrique para intentar desentrañar qué había sucedido esa  noche.
            Los habían encontrado por la mañana, tirados en el borde de la carretera, dentro del viejo vehículo del agente. Habían sufrido un aparatoso accidente, eso estaba claro.
            Al principio, no atinaron a imaginar quien era la joven, hasta que llegó el agente encargado del seguimiento del caso y la consiguió identificar. Los documentos que iban a servir para desarticular la banda estaban a buen recaudo en la guantera, y no les fue difícil encontrarlos y remitirlos al jefe del operativo.
            Sabían que tenía intención de ir hasta el pueblo de su ex mujer, para resolver un asunto de su complicado divorcio y que pasaría después por el domicilio de su superior para entregarlos.
            Era una actuación que habían desaconsejado, por peligrosa. El tipo que dirigía la operación de trata de blancas que estaban investigando tenía una de las casas en un pueblo cercano, y aunque la identidad de Enrique (aunque se llamaba José Manuel por aquel entonces) no era conocida por nadie en la organización, sí que habían rumores de que podía haber sido localizado.
            Aún así, el agente insistió en que si no hacía ese recado a su ex, tendría problemas en su vida personal.
            Durante los meses que siguieron al encuentro de los dos heridos, poco pudieron sacar en claro. Ella solo recordaba que había escapado, corriendo por el bosque, tras una paliza que le había propinado el sicario de guardia en la casa.
            Él, contó durante meses algo extraño sobre una bestia que le olisqueó y le meó encima, además de comerse a la perra de la ex mujer.
            Para protegerlos, los servicios secretos decidieron hacerlos pasar por muertos, y así librarse de la incómoda situación de tener que protegerlos, posiblemente para nada. Una vez “muertos”, podían esconderlos con mucha facilidad e interrogarles con más calma.
            La operación había terminado hacía unos meses, gracias a la información que sacaron de la chica, pero habían flecos que pulir. Un nombre se resistía a aparecer, y necesitaban cogerlo y detenerlo. Si no, todo habría sido en balde. Se les habría escapado una auténtica bestia del Este.
            Así que sí, cualquier cosa que hubiera recordado Enrique era importante.
            -- Adelante, Enrique. Tomo nota. Tranquilícese y comience por el principio

miércoles, 1 de agosto de 2012

Prisas (15)


El sonido de su voz le calmó.
Un sueño. Había sido un sueño. El sueño.
Habían pasado casi dos años desde esa noche, pero él la recreaba, una y otra vez, cada vez que se dormía. Nunca había podido olvidarla.
Estuvieron inconscientes varias horas en el borde de la carretera, hasta que las primeras luces del día permitieron que se circulara con normalidad por ese angosto camino. Nadie en su sano juicio se habría aventurado a circular esa noche por allí, con el mal tiempo que hacía y la colección de curvas traicioneras que se tragaban más coches de lo que es normal.
Pero él lo hizo esa noche. Volvía al pueblo con una carga valiosa. Con los regalos de la boda de su cuñada, que se iba a casar ese fin de semana. Recuerdos estúpidos que su ex mujer se olvidó subir y le encargó a él que lo hiciera. Ah, y de paso, la perrita, por favor, que estaba en el veterinario y ya le habían dado el alta. Por los viejos tiempos, le dijo.
Como si los viejos tiempos no pesaran bastante, pensó él.
Así que cogió su viejo coche, el único que se podía pagar ahora, y enfiló hacia el pueblo de ella, en una noche que rompía los huesos y que sabía que podría hacérselo pagar caro.
El psicólogo le aseguró, tras decenas de sesiones, que la bestia era la representación de su ex, que le atormentaba tras tantos años de matrimonio y que en sus delirios tras el accidente, tomó la figura de una bestia inenarrable, que se lo llevó todo. En especial, la perrita.
La meada, bueno, pues el doctor Castro lo interpretó como una especie de sello de posesión, que hacía ella para marcar su territorio y posesiones. Que eso era él para ella, según su subconsciente.
Y ella… la mujer a la que atropelló…
No la vio salir en la curva. Se la llevó por delante y los minutos siguientes son imposibles de recordar. No consiguió nunca saber qué había pasado realmente. Solo esos sueños, que volvían con frecuencia…

martes, 31 de julio de 2012

Prisas (14)


           Ayudado de los guiños de las luces de avería consiguió avanzar por la maldita carretera. Las curvas parecían no acabarse nunca. La mujer se movía en el asiento trasero, inquieta, al ritmo de las curvas… a la derecha, a la izquierda, otra vez a la derecha. Él se iba acomodando a la visión nocturna, a la capa blanca que iba dejando la nieve sobre la carretera. El sudor de su cuerpo se estaba enfriando y le estaba dejando completamente helado. El termómetro del coche marcaba… El termómetro del coche había dejado de funcionar. Echó de menos la chaqueta que tapaba el cuerpo desnudo de la mujer. Al pensar en ella y recordar su figura, sus pechos, sus caderas volvió a sentir una punzada  de placer en su entrepierna. Sí, desde luego la tenía que salvar, pese a que no sería una tarea fácil.

            La carretera parecía que pronto se enderezaría. Por lo que intuía, le quedaba una sola curva, muy cerrada, y ya vería el pueblo a lo lejos, abajo, en el llano.  El ansia por llegar le presionó el pie del acelerador y el coche derrapó. Como Murphy estaba cerca, su utilitario fue planeando hacia el lado en el que se encontraba el precipicio y esta vez no lo pudo controlar. Salió de la carretera y notó como su cuerpo quedaba suspendido en el aire, junto con los copos de nieve que seguían cayendo. Fueron unas milésimas de segundo de revoloteo de mariposas en su estómago para luego empezar a caer con la nieve. Copo a copo, metro a metro fue cayendo al profundo barranco…

            Todo estaba oscuro sólo un sonido insistente bep, bep .. bep, bep… bep, bep… No se atrevía a abrir los ojos hasta que sintió una mano que se acoplaba a su cintura, unos pechos que se hundían en su espalda. Estaba asustado, no sentía dolor, no sentía miedo. Una mano se acomodó en su sexo y lo apretó ligeramente. Tenía que hacerlo, tenía que hacer callar ese sonido taladrante. Tenía que abrir los ojos y llegar al pueblo. La mano subió por su vientre y apretó su pecho. Por fin Enrique saco fuerzas y se giró mientras abría los ojos. Allí estaba ella, a su lado entre las sábanas. Morena, con el pelo enredado después del sueño, desnuda, con el rostro marcado en su mejilla.

            -Buenos día amor ¿has dormido bien? –preguntó Nadia mientras depositaba un beso en sus labios.

domingo, 29 de julio de 2012

Prisas (13)


El motor carraspeó esta vez. Parecía que se resistía a dejarle ir, ahora que ya estaba decidido a hacerlo.
Sintió como el corazón se le detenía, igual que lo hizo el motor tras toser varias veces, sin acabar de ofrecer el tranquilizador sonido de su ronroneo, escandaloso pero siempre fiable.
Respiró con fuerza, algo que llevaba haciendo toda la condenada noche, y volvió a accionar el contacto. Esta vez sí. Por poco, pero sí.
Se acomodó como pudo en el asiento, olvidando ya el espantoso olor que le rodeaba, y su mano derecha buscó la palanca de cambios. Con cuidado, como esperando que no funcionara, puso primera y sin soltar el embrague, apretó con precaución el acelerador.
Poco a poco, el motor comenzó a revolucionarse y  a coger fuerza, poco a poco. Con más precaución que prisa, levantó el pie del embrague y esperó a que el vehículo, aún maltrecho como estaba, avanzara por la carretera y retomara el camino hasta el pueblo.
Pero eso no sucedió.
Aunque el motor estaba revolucionado, aunque respondía con fiereza no se movió ni un centímetro adelante. En cambio, pareció levantarse sobre sí mismo y luchar por avanzar. Como si una fuerza imposible lo retuviera, se negó a volver a la carretera.
El sudor recorría su rostro. No entendía nada. Todo parecía en orden pero no había manera de que el coche se moviera.
Se imaginó lo que sucedía. La criatura había vuelto, estaba detrás de él, mirándolo con sus ojos encendidos, con la saliva goteando de su abyecta boca, mientras sujetaba con sus garras la parte trasera y le impedía volver a la civilización, donde esas cosas no ocurrían y todo era normal.
Con toda su fuerza de voluntad, se giró con cuidado, buscando la mirada asesina de la bestia, pero no encontró nada.
Nada. No había un ser de pesadilla sujetando el coche.
Entonces, qué…
Y cayó en la cuenta de que el freno de mano estaba subido. No recordaba haberlo hecho, pero probablemente lo subió cuando tuvo el accidente, de manera automática, sin pensar. Una manía suya, la de ser buen conductor y seguir las normas, que tantos reproches le habían valido de su mujer.
Lentamente, lo bajó y volvió a probar.
Esta vez, sí, el coche avanzó unos metros, sin problemas, pero notó como se desviaba hacia un lado, el izquierdo. El neumático había reventado, o había sido cortado por las garras de la bestia, o vete a saber por qué…
En esas condiciones podría llegar hasta el pueblo, sin duda, pero más lento de lo que esperaba. Desde luego no iba a parar a cambiar la rueda. Ni loco lo haría.
De todas formas, iba sin faros, así que tampoco podía correr demasiado. Se lo tomaría con calma, yendo pasito a pasito, y conseguiría salir con vida de esta. Y si podía, salvaría también a la chica desnuda. Desde luego que lo haría.

viernes, 27 de julio de 2012

Prisas (12)


Como era de esperar el viejo coche arrancó a la primera… buen chico. Dejó que el motor se calentara y bajo las parpadeantes luces de avería puso primera y aceleró ligeramente. De pronto cayó en la cuenta de la sábana manchada de sangre que se encontraba frente al vehículo. No había vuelto a pensar en la mujer. Debería salir a buscarla. Hacía frio y tal vez se encontrara en peligro, malherida, asustada… desnuda. Recordó el cuerpo desnudo y le sorprendió una tímida erección. Con fastidio y creyendo hacer lo correcto volvió a parar el coche y bajó para tratar de encontrar la linterna y emprender la búsqueda.

Mientras hurgaba entre los matorrales por donde calculaba que habría ido a parar la maldita linterna empezó a sentir frio. Diez minutos más tarde ya estaba tiritando y  decidió desistir en la búsqueda y volver al coche. De pronto trastabilló al pisar algo con su pie derecho. Cayó al suelo donde paró el golpe con su mano herida y lanzó un alarido de dolor a la oscuridad de la noche. Maldijo en todas las lenguas que sabia… La lechuza le respondió ululando no muy lejos de allí. Al frotarse con su lastimado tobillo descubrió que el objeto causante de su caída era… la puta linterna. 

Mientras se incorporaba con la linterna en la mano no pudo evitar pensar que era una señal. Encontrarla era el inicio de algo bueno. Todo se empezaría a arreglar a partir de ese momento. Decidió que daría una corta batida en busca de la mujer. No dedicaría más de treinta minutos, sólo para calmar su conciencia y no tener que dar explicaciones a la policía sobre porque no la socorrió, porque no la busco y la auxilió.

Accionó el interruptor de la linterna y el haz de luz iluminó sus pies. Al alumbrar frente al coche descubrió que empezaba a nevar. Comenzó a andar encogido de frio y siguiendo el rastro de sangre que se adentraba en una zona del bosque con matorral bajo. La mujer había dejado un abundante rastro de sangre y arbustos aplastados y le resultaba fácil seguir la pista. Viendo la cantidad de sangre que había perdido ya no confiaba en encontrarla con vida.

La búsqueda se estaba alargando más de lo previsto. Cuarenta y cinco minutos. En algunos momentos temió perderse, en otros creía estar andando en círculos. Con las manos ateridas de frio y la luz de la linterna debilitándose, decidió emprender el regreso hacia el coche.

De pronto lo vio. El cuerpo desnudo de la mujer yacía sobre un gran charco de sangre. Era imposible que estuviese viva. Pero al tocar su muñeca en busca de latido… lo encontró. Tenía pulso.  La izó en volandas como si de una macabra novia se tratase y se dirigió al coche a duras penas. Fue un tortuoso camino en el que pudo percibir y palpar la desnudez de la mujer. Intentando sujetarla con firmeza, la asía de cualquier sitio. Brazos, manos, caderas, glúteos, pechos… un amalgama de carne y sangre que fue empapando sus propias ropas, su propio cuerpo. Cuando llegó al coche se había convertido en un monstruo después de un festín de sangre y muerte.

La depositó con cuidado en el asiento de atrás y antes de cubrirla con su chaqueta la observó detenidamente. La mujer era hermosa. Su cabello negro, rizado y enmarañado cubría parte de su rostro. Un cuerpo cargado de formas voluptuosas, femeninas. Pechos generosos, caderas redondeadas. Apartó un mechón de la cara de la mujer y comprobó la belleza de su rostro. Se estremeció al descubrir una antigua cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. No quería pensar en ello. Tenía que salir de allí.

Se sentó otra vez en al asiento del conductor, esta vez con la respiración agitada por una mezcla de frio, miedo y excitación al contemplar el cuerpo desnudo de la mujer. Olfateó el aire del habitáculo. Una mezcla de su olor corporal, del su propia orina, la meada que le había regalado la bestia antes de salir corriendo, el olor rancio de su viejo coche y  el olor a sangre se mezclaban haciendo el aire casi irrespirable. Abrió un poco la ventanilla. Fuera la nieve caía ya copiosamente.

Giró la llave y accionó el contacto otra vez.

jueves, 26 de julio de 2012

Prisas (11)


El grito había servido de catarsis. Su mente estaba ahora más despejada y una idea se aposentó en su cabeza: tenía que salir de allí. Quizás si llegaba andando hasta el pueblo, conseguiría ayuda. Alguien le podría hacer entender qué había sucedido y se reiría de lo que le había sucedido.
La criatura había sido fruto de los nervios, seguro. No había nada que temer en la oscuridad. Algún perro suelto se habría acercado y él había creado con su miedo y la conmoción del accidente, una enorme criatura con grandes dientes y garras mortales.
Eso había ocurrido. Nada que temer, nada de lo que esconderse.
Se dirigió a la parte trasera del vehículo y miró a su alrededor.
El silencio cortaba la noche sin luna como un cuchillo implacable. Nada que temer, se repitió.
Sin soltar la Glock, comenzó a recoger las pequeñas cajas que estaban desperdigadas alrededor del coche. En unos cinco minutos tenía casi todas guardas en el maletero. No estaba seguro de que estuvieran todas, pero tenía que bastar.
Tragó saliva cuando se acercó al transportín de la perra. Era la única prueba de que algo había pasado, algo que no conseguía comprender y que le aterrorizaba.
Se sacudió otra vez la extravagante idea del monstruo devorador de la cabeza y se acercó a la puerta del conductor. Entró una vez más y accionó las luces de emergencia.
De repente, cayó en la cuenta de que no había probado a encender el coche tras el accidente. Se vio arrastrado por todo lo sucedido, real o no, y no había intentado ponerlo en marcha. Se maldijo por su estupidez y acercó la mano al contacto.
Respiró hondo y giró la llave.

miércoles, 25 de julio de 2012

Prisas (10)


Lo que faltaba, su móvil se había quedado sin batería y no se había enterado de lo que le había dicho la señorita del hospital. ¿Qué le habría pasado a Anita? Debía de ser grave para ingresarla a esas horas de la noche y en el Hospital Sur. Enrique quedó unos instantes absorto en el sonido y parpadeo de las luces de emergencia de su coche. Hasta que de pronto algo le sacó de su estado de letargo. Una sombra cerca del coche parecía moverse. Se asustó… un poco más. Empuñó su pistola y bajo del coche.

-¿Quién anda ahí?- pregunto a voz en grito.

Inmediatamente se sintió como un estúpido al hacer esa pregunta.  Estaba claro que no debía esperar respuesta alguna, así que dio unos tímidos pasos hacia la sombra que se encontraba en el arcén, mientras la apuntaba con su temblorosa arma. Todavía pudo dar un par de pasos más hacia su objetivo antes de que este saliese volando y ululando. Una lechuza le dio el enésimo sobresalto de aquella maldita noche. Una noche en la que parecía que los elementos estaban en su contra. Nada ocurría por casualidad, eso lo sabía y en estos momentos le atemorizaba. No quería ni pensar que algo malo le había hecho alguien a su ex. La verdad es que ella ya no le importaba mucho pero lo que si que le importaba era que le pudieran agredir también a él. Y en el asunto en el que andaban metidos podían esperar cualquier accidente inesperado si las cosas no funcionaban como sus clientes deseaban. Y la verdad es que las cosas no estaban saliendo demasiado bien. De momento ya era la hora en la que debía estar en el pueblo cumpliendo su encargo. Y su encargo seguía en el maletero.

Menos mal que esta vez el sobresalto le pillo con el arma perfectamente aferrada en sus manos y lo único que lanzó fue un grito a la oscuridad de la noche. Un grito aterrado y aterrador a la vez. La lechuza desapareció y dejo en su lugar algo que realmente Enrique necesitaba…

martes, 24 de julio de 2012

Prisas (9)


Intentó controlar sus nervios, calmar su voz, y sofocar el llanto nervioso de los últimos momentos. Tragó saliva, miró a su alrededor, atento por si volvía la criatura, y con la Glock en la mano herida, se atrevió a contestar.
-- Sí, sí, soy yo… Enrique. ¿Quién llama?
-- Verá, le llamó de la centralita de emergencia del Hospital Sur. Debería venir inmediatamente, porque su mujer ha sido ingresada de urgencias hace una hora. Estamos intentand… contacto con us… y no lo hemos conseguido ha…
La comunicación se entrecortaba. La maldita cobertura. Al parecer había caído en una zona donde llegaba algo de señal, pero no lo suficientemente potente como para mantener una conversación coherente.
Se sentía extraño. Mucho más extraño de lo que estaba hasta ese momento. ¿Cómo podía estar Anita en el Hospital Sur? ¡Había hablado con ella hacía algo más de una hora y estaba en el pueblo, esperando la carga que llevaba en el maletero!
No podía ser. Todo se complicaba por momentos. Había tenido un accidente, había atropellado a una mujer que andaba desnuda por el monte en plena noche, había sido atacado por una especie de criatura voraz y se había cortado la mano. Por no hablar de que la mitad de la mercancía estaría ya destrozada, la perra de su mujer había sido devorada por el bicho ese y el coche no iría a ningún lado…
-- ¿Me escucha, señor?
No se había enterado de nada de lo que le decía la chica al otro lado de la maltrecha línea, y necesitaba saber qué estaba ocurriendo. De alguna manera, en su fuero interno, sabía que todo, el accidente, la mujer, la criatura (¿un lobo?, ¿un oso?), el ingreso de su muj… ex – mujer, estaba relacionado. Demasiadas casualidades. No sabía qué pasaba, qué demonios era todo eso, pero el asunto que llevaban entre manos era demasiado grande y sabían que sería peligroso cuando se metieron en ello.
-- Sí, sí, dígame. Hay poca cobertura… -- Atinó a decir, mientras su cabeza, ya más centrada, intentaba poner en orden todo lo que había ocurrido.
Pensó en decir que estaba en peligro, lo que le había ocurrido, que alguien le fuera a buscar, e iba a hacerlo, cuando el teléfono enmudeció.

viernes, 20 de julio de 2012

Prisas (7)


¿Qué diablos había sido eso? Miró la caja donde hacía un momento estaba la perrita, ya agonizante. No quedaba ni rastro de ella. La bestia, lo que fuera que había intentado matarle también a él, la había devorado.
Sollozando, se levantó  y avanzó hacia la parte delantera del coche, otra vez. El móvil. Necesitaba encontrar el jodido móvil y llamar. Sabía que ese tramo era uno de esos en los que la cobertura brillaba por su ausencia, pero seguramente podría hacer la llamada al 112 y esperar a que esta, al menos, llegara a su destino.
Andaría unos kilómetros y conseguiría alcanzar una zona donde hubiera señal y avisaría al pueblo. En unos minutos, tendría allí a la Guardia Civil, una ambulancia y a alguien que supiera qué hacer en estas circunstancias.
Llegó hasta la puerta del conductor y se metió de cabeza dentro. No estaba para sutilezas. Palpó el asiento del acompañante, donde había lanzado el teléfono hacía unas horas buscando a ciegas el tacto del plástico.
A los diez segundos, la mano iba de un lado a otro, sin encontrar nada útil ni con una intención clara de intentarlo. Los nervios se apoderaron de él y se tiró dentro, intentando llegar a todos los rincones posibles.
Sus sollozos ya eran incontrolables, y su respiración semejaba la de una persona asmática. El ahogo acrecentaba su nerviosismo y gritó con furia cuando una astilla de vidrio le provocó un feo corte en la palma de la mano.
El dolor le hizo parar, y sin dejar de llorar, comenzó a jurar y a insultar al vidrio, mientras golpeaba con furia el volante, salpicando con gotas de su sangre todo el habitáculo.
Finalmente, el cansancio le pudo y se dejó caer, vencido, sobre el volante. Un último grito surgió de su garganta, y se desplomó, todavía consciente, pero derrotado, en el asiento. Entonces, un leve brillo llamó su atención. En el suelo, bajo el asiento del acompañante… Una luz que solo podía provenir de…

martes, 17 de julio de 2012

Prisas (4)


Pero la mujer ya no estaba. En su lugar una sábana blanca con una gran mancha de sangre se encontraba retorcida, reptando en dirección a un rastro de fluido rojo que se adentraba en el bosque que llegaba a la misma orilla de la carretera. Ahora si se sintió presa del pánico, de la confusión más absoluta. Pero... un momento. La buena noticia era que la mujer no estaba muerta. La mala que la mujer se había ido... desnuda. Bueno, lo de desnuda seguro que era buena noticia, en algún momento lo sería..

Los ladridos de la puñetera perra lo sacaron de su ensimismamiento de manera que el sobresalto le hizo lanzar la linterna… lejos, muy lejos y se apagó. Ya solo las luces de emergencia lo iluminaban todo intermitentemente.

Una vez más no sabía que hacer. Él, el hombre perfecto que tenía solución para todo, el Mcguiber de la familia, el Superman de la casa se sentía abrumado. Todo su mundo se venía abajo, los acontecimientos de las últimas semanas se agolparon en el interior de su cabeza. Su mente corría sin control, sin orden.

Se sujetó la cabeza con toda la fuerza de la que fue capaz, con las dos manos y empezó a gritar. Un grito desgarrador que cruzó la oscuridad de la noche, la frondosidad del bosque, la soledad de la carretera. Ya pasó. Ya sentía la situación bajo control otra vez. En un minuto escaso recogió todos los paquetes y los fue lanzando al maletero, donde siempre debían haber estado. Se acercó al  transportín y con una firmeza sorprendente lo abrió para comprobar el estado de la perra de su mujer,,, la perrita de su exmujer.  Casi no le sorprendió lo que encontró allí.


lunes, 16 de julio de 2012

Prisas (3)


Comenzó a temblar. Todo daba vueltas a su alrededor, y si hubiera algo de luz para que se fijara en el paisaje, este le habría provocado un serio mareo. ¿Cómo había ocurrido todo? No alcanzaba a montar en su mente la secuencia de acontecimientos.
Había tomado una curva (LA curva) demasiado deprisa y había estado a punto de salirse de la carretera. Luego había reducido velocidad y… No tenía que haber pasado nada, pero pasó. Algo se le tiró encima, o chocó con algo o…
¡La mujer! El cuerpo de la mujer estaba frente al coche.
La había atropellado, eso era seguro. Pero no… El golpe había sido antes. O quizás no…
¡La cabeza, la maldita cabeza! No atinaba a pensar con claridad, y se levantó de golpe.
La caja donde estaba sentado se movió ligeramente, y un débil gemido surgió de su interior, desconcertándolo.
¡La perra! La perra de su ex… La jodida perra su ex…
Bajo el transportín, pues eso era, y no una caja, había abundante sangre. Y manaba más. La jodida perra se había herido y estaba desangrándose ysumujeribaamatarloporeso, solo que yanoerasumujersinosuexylascosasyaestabanbastantejodidas…
Respiró hondo e intento tranquilizarse.
Calma. La perra… La perra no. La mujer.
Intentó concentrarse, dejar que los nervios se hundieran en lo más profundo de su cabeza, esa que parecía a punto de explotar, y volvió a respirar.
Cogió la linterna y se dirigió hacia la parte delantera del vehículo siniestrado, buscando con el haz de luz el cuerpo de la mujer que había entrevisto minutos antes.

viernes, 13 de julio de 2012

Prisas (2)



Acompañado de un golpe sordo llegó la oscuridad absoluta. Al emerger de la que creía era la ultima curva todo se precipitó. Algo había golpeado el frontal del coche produciendo la rotura de los faros y privándole de la imprescindible luz. Consiguió, a duras penas, controlar el utilitario mientras unos sonidos seguían a otros, cada uno portador de malas noticias. Algo se estrelló contra la luna delantera, sonando como pequeños impactos que la cruzaban de lado a lado. Al tiempo que logró parar por completo el coche, un golpe seco seguido por una cascada de pequeños sonidos se escucho en la parte posterior del coche. Encendió las luces de emergencia que parpadeaban en la negrura de la noche y se quedó paralizado unos segundos.

No se atrevía a enfrentarse al mundo exterior. Rebuscó en la guantera hasta que encontró la linterna que luchaba por esconderse entre la infinidad de objetos absurdos y abandonados a su suerte que moraban allí y haciendo un tremendo esfuerzo, accionó el mecanismo y abrió la puerta. No sabía por donde empezar. Alumbró el parabrisas para descubrir que el sonido que lo cruzó hacía escasos minutos era sangre, roja, brillante bajo el haz de luz que arrojaba la linterna. Se temía lo peor, tembloroso dio unos pasos más encaminándose al desastre. Frente al utilitario yacía en el suelo lo que le pareció un cuerpo de mujer. Se frotó los ojos y volvió a mirar. Una fina tela de color claro envolvía apenas el cuerpo desnudo de una mujer. Se le cortó la respiración, su sangre se heló en las venas. El pánico empezó a hacer acto de presencia y casi a la carrera fue a la parte trasera del coche para descubrir lo que ya se temía. Debido al incidente y la brusquedad del frenado se había abierto el portón trasero y la carga que transportaba estaba esparcida alrededor. Infinidad de cajitas de todos los tamaños, paquetes envueltos cuidadosamente con celofán otros con papel de periódico atados con una fina cuerda. Todos parpadeaban intermitentemente bajo los destellos de las luces de avería.

Era evidente que su entrega iba a sufrir un ligero retraso. Apartó un pequeño paquete de sus pies y se sentó sobre otro de mayor tamaño. No se fijó en que la sangre empezaba a brotar de la base de la caja.

jueves, 12 de julio de 2012

Prisas (1)


La carretera era oscura. No había ni una sola farola que iluminara los tres kilómetros de cerrado bosque mediterráneo por el que discurría el asfalto, y parecía que el mismo material del que estaba hecho el camino absorbiera completamente cualquier retazo de luz.

Los faros del viejo utilitario apenas podían romper la oscuridad de una noche sin luna, y solo la abundancia de curvas permitía que su luz consiguiera orientarle en mitad de esa infernal carretera.

El problema era que tenía prisa. Debía salir inmediatamente de ese tramo y llegar hasta el pueblo. Su tiempo se consumía y la carga debía entregarse sin falta dentro de las próximas tres horas o se vería metido en un lío considerable. 

Redujo la marcha y afrontó la curva que tantas veces había tomado, con más calma y con mucha más luz. La conocía y sabía que era traicionera incluso con toda la luz del sol dando luminosidad, así que no arriesgó. Acertó de lleno, porque las ruedas del lado derecho quedaron flotando sobre el asfalto, amagando con salir de la zona procesada y queriendo adentrarse entre la maleza que delimitaba el borde del bosque.

Con un rugido, que le salió de lo más hondo de su impaciencia, consiguió dominar el débil motor de su vehículo y buscó el centro de la calzada.

Si no había contado mal, estaba a mitad de camino. En unos diez minutos, saldría de esa trampa mortal y vería, tras la colina, las luces que le indicaban la presencia de un tramo más civilizado y con la bendición de la luz artificial, don de la civilización.

En la siguiente curva, mucho menos peligrosa, fue donde toda la prisa se convirtió en desesperación. Y eso, aún y cuando él tuvo la precaución de aminorar la marcha y evitar perder, de nuevo, el control del volante.